Una historia de hace tiempo...
Seis años atrás escribí un cuento
Inspirada en Allan Poe
Para una compilación
En homenaje al autor...
Lo comparto simplemente
-
La Condenada
Era otoño y las hojas caían de los árboles mecidos por el viento. El frío de la noche y su velo púrpura que era tal como el alma de la pecadora imperdonable; llena de llagas y hematomas. Inflamación que jamás se calmaría. Y las manos rojas; la sangre, visión perturbadora. Escuchaba el cantar de los grillos, chillar que le recordaba las canciones que a él le calmaban y que nunca más cantaría. La seguían por donde fuera. Era perseguida por las almas que clamaban venganza. Su vida ya estaba desaparecida.
Recordaba aquel terrible momento la pecadora; sentada en un rincón de los corrales se cubría la cara llena de vergüenza y la sangre embarrada sobre sus manos cubría también aquel rostro pálido. Sola se manchaba el cuerpo con su propia falla, ya no era esa mujer inmaculada de hace días. Volteó a ver aquel nogal que se encontraba en medio de la finca. El viento sopló bruscamente, como nunca antes, y aulló ferozmente. El majestuoso nogal se doblaba cual débil vara y perdía todos sus órganos dorados.
Pero las hojas no cayeron más al suelo. Rápidamente acecharon a la mala mujer, ella las confundía con un grupo de los miles de insectos voladores más horripilantes que pudiesen habitar la tierra y el averno. Y el crujido o zumbido causado por el agitar de sus alas lo confundía con voces que la incriminaban.
Desesperada comenzó a correr al verse perseguida de tal manera. Todo estaba oscuro, la poca luz de la luna era opacada por una nube gris que había aparecido en el exacto momento que ella trató de escapar. No tenía salida alguna, tropezó con las raíces gruesas del nogal que como tentáculos brotaron desde el interior de la tierra quebradiza y seca.
Las hojas cayeron sobre ella y la sofocaban. Ella trataba de emerger de su castigo, pero cada vez el viento traía más y más insectos. Le era imposible levantarse. Se convirtieron en semblantes demacrados; algunos ensangrentados y otros pálidos y con ojeras, pero no habían perdido las alas que causaban el zumbido. Los rostros e veían cansados aun siendo que eran sólo unos niños. Sus miradas quedaron fijas sobre ella; llenas de sufrimiento y dolor o de cólera.
La pecadora escuchaba las voces de estos seres que disgustados y desilusionados le reclamaban, le acusaban. Simultáneamente gritaban, “¿¡Por qué lo hiciste!?”, “¡Maldita Seas!”,” ¡Estás condenada y ahora jamás serás libre!”,” No eres más que una miserable mujer sin naturaleza. Desmereces el privilegio de serlo, has matado a tu sangre, ¡y por eso pagarás!”,” ¡Perra inmunda!¡Maldita seas!”. Sabrá Dios cuantas otras cosas le gruñeron en su cara, pero al final de esto todos exclamaban, “¡Pecadora Imperdonable! ¡Pecadora imperdonable! ¡¡¡PECADORA IMPERDONABLE!!! ¡PECADORA! ¡Imperdonable! ¡PECADORA! ¡Imperdonable! ¡PECADORA! ¡PECADORA! ¡¡¡PECADORA!!!” De pronto se mezclaron los gritos y llantos de las criaturas con los zumbidos de sus propias alas y todo era un alboroto de acusaciones.
Ya no aguantaba la miserable, se quebró su fuerza y lloró cual infante que ha perdido a sus padres. La diferencia radicaba en que esta vez la madre desnaturalizada era ella. En un segundo los niños muertos se disiparon y volvieron a sus puestos en las ramas. De tanta oscuridad, la luz de la luna la llegó a encandilar. La pobre trastornada tras sentir un frío gélido, percibió un calor infernal. Miró hacia la luna y en ella vio lo más horrible que jamás pudo habérsele aparecido. Era ese pequeño tormento que pensó que jamás volvería a ver.
Lo intentaba mirar, pero le era difícil. Las lágrimas corrían rápidamente de sus ojos hasta su cuello, una tras otra; como un río de rápidos torrentes. Y la sangre que cubría su mejilla llegó hasta su pecho, siguiendo después el mismo camino de la sangre que ella hizo brotar alguna vez. Y las lágrimas se tornaron de un color de cristal al guindo y se espesaron. La sangre le estaba quemando el pecho. Dolía. Y este ardor le llegaba al corazón. Se arrodilló ante la presencia de su hijo martirizado por su propia mano y se humilló ante él.
Volteó a ver lentamente y con cautela a su crío en la luna, quien comenzó a llorar tras ver como sufría su madre. A él no le importaba lo que ella pudo haber hecho, ya la había perdonado. Pero como niño fiel a Dios sabía que la gente que obra mal debe de pagar por sus pecados y por esto no intercedía por la basura de progenitora que tenía. El llanto de la luna se convirtió en una tormenta y el cielo enfadado comenzó a lanzar truenos y relámpagos.
Fue la lluvia ácida quien mató todo lo aceptable que aún existía en aquel jardín. Todo se carbonizó, se hizo cenizas y lo poco que quedaba sin ser ceniza simplemente ennegreció. Lo único que permaneció fuerte al tacto aún perdiendo su antigua composición fue aquel nogal majestuoso en donde habitaban las almas desamparadas. Era lo único que no se convertía en polvo al ser tocado, tal vez era la sabiduría que le habían dado los años. La pecadora se acercó a él sin remedio.
El niño de la luna perdió su expresión de tristeza; al ver lo que ocurría sus ojos se engrandecieron. Aterrorizado intentaba impedir que su madre se acercara al portal, quería gritar pero ella lo había hecho enmudecer. Trató de mover al cielo, pero este tampoco reaccionaba. Quería salvarla, pero su vida estaba perdida. Y aunque él la hubiera perdonado, no era suficiente. No tenía perdón de Dios. No le quedó más que hacer y desapareció su imagen de la luna, era tan pequeño que no podría soportarlo.
Y con el desaparecer de su imagen, desapareció la luna. Y con el desaparecer de la luna, desapareció la luz por completo. Lo único que podía sentirse en esa oscuridad era el tronco del nogal y se escuchaba solamente el crujir de las hojas quemadas. La pecadora recargó su espalda en él y poco a poco resbaló hasta sentarse. Abrazó sus piernas contra su torso. Levantó la cabeza y respiró profundamente. La dejó caer y durmió.
Inspirada en Allan Poe
Para una compilación
En homenaje al autor...
Lo comparto simplemente
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La Condenada
Era otoño y las hojas caían de los árboles mecidos por el viento. El frío de la noche y su velo púrpura que era tal como el alma de la pecadora imperdonable; llena de llagas y hematomas. Inflamación que jamás se calmaría. Y las manos rojas; la sangre, visión perturbadora. Escuchaba el cantar de los grillos, chillar que le recordaba las canciones que a él le calmaban y que nunca más cantaría. La seguían por donde fuera. Era perseguida por las almas que clamaban venganza. Su vida ya estaba desaparecida.
Recordaba aquel terrible momento la pecadora; sentada en un rincón de los corrales se cubría la cara llena de vergüenza y la sangre embarrada sobre sus manos cubría también aquel rostro pálido. Sola se manchaba el cuerpo con su propia falla, ya no era esa mujer inmaculada de hace días. Volteó a ver aquel nogal que se encontraba en medio de la finca. El viento sopló bruscamente, como nunca antes, y aulló ferozmente. El majestuoso nogal se doblaba cual débil vara y perdía todos sus órganos dorados.
Pero las hojas no cayeron más al suelo. Rápidamente acecharon a la mala mujer, ella las confundía con un grupo de los miles de insectos voladores más horripilantes que pudiesen habitar la tierra y el averno. Y el crujido o zumbido causado por el agitar de sus alas lo confundía con voces que la incriminaban.
Desesperada comenzó a correr al verse perseguida de tal manera. Todo estaba oscuro, la poca luz de la luna era opacada por una nube gris que había aparecido en el exacto momento que ella trató de escapar. No tenía salida alguna, tropezó con las raíces gruesas del nogal que como tentáculos brotaron desde el interior de la tierra quebradiza y seca.
Las hojas cayeron sobre ella y la sofocaban. Ella trataba de emerger de su castigo, pero cada vez el viento traía más y más insectos. Le era imposible levantarse. Se convirtieron en semblantes demacrados; algunos ensangrentados y otros pálidos y con ojeras, pero no habían perdido las alas que causaban el zumbido. Los rostros e veían cansados aun siendo que eran sólo unos niños. Sus miradas quedaron fijas sobre ella; llenas de sufrimiento y dolor o de cólera.
La pecadora escuchaba las voces de estos seres que disgustados y desilusionados le reclamaban, le acusaban. Simultáneamente gritaban, “¿¡Por qué lo hiciste!?”, “¡Maldita Seas!”,” ¡Estás condenada y ahora jamás serás libre!”,” No eres más que una miserable mujer sin naturaleza. Desmereces el privilegio de serlo, has matado a tu sangre, ¡y por eso pagarás!”,” ¡Perra inmunda!¡Maldita seas!”. Sabrá Dios cuantas otras cosas le gruñeron en su cara, pero al final de esto todos exclamaban, “¡Pecadora Imperdonable! ¡Pecadora imperdonable! ¡¡¡PECADORA IMPERDONABLE!!! ¡PECADORA! ¡Imperdonable! ¡PECADORA! ¡Imperdonable! ¡PECADORA! ¡PECADORA! ¡¡¡PECADORA!!!” De pronto se mezclaron los gritos y llantos de las criaturas con los zumbidos de sus propias alas y todo era un alboroto de acusaciones.
Ya no aguantaba la miserable, se quebró su fuerza y lloró cual infante que ha perdido a sus padres. La diferencia radicaba en que esta vez la madre desnaturalizada era ella. En un segundo los niños muertos se disiparon y volvieron a sus puestos en las ramas. De tanta oscuridad, la luz de la luna la llegó a encandilar. La pobre trastornada tras sentir un frío gélido, percibió un calor infernal. Miró hacia la luna y en ella vio lo más horrible que jamás pudo habérsele aparecido. Era ese pequeño tormento que pensó que jamás volvería a ver.
Lo intentaba mirar, pero le era difícil. Las lágrimas corrían rápidamente de sus ojos hasta su cuello, una tras otra; como un río de rápidos torrentes. Y la sangre que cubría su mejilla llegó hasta su pecho, siguiendo después el mismo camino de la sangre que ella hizo brotar alguna vez. Y las lágrimas se tornaron de un color de cristal al guindo y se espesaron. La sangre le estaba quemando el pecho. Dolía. Y este ardor le llegaba al corazón. Se arrodilló ante la presencia de su hijo martirizado por su propia mano y se humilló ante él.
Volteó a ver lentamente y con cautela a su crío en la luna, quien comenzó a llorar tras ver como sufría su madre. A él no le importaba lo que ella pudo haber hecho, ya la había perdonado. Pero como niño fiel a Dios sabía que la gente que obra mal debe de pagar por sus pecados y por esto no intercedía por la basura de progenitora que tenía. El llanto de la luna se convirtió en una tormenta y el cielo enfadado comenzó a lanzar truenos y relámpagos.
Fue la lluvia ácida quien mató todo lo aceptable que aún existía en aquel jardín. Todo se carbonizó, se hizo cenizas y lo poco que quedaba sin ser ceniza simplemente ennegreció. Lo único que permaneció fuerte al tacto aún perdiendo su antigua composición fue aquel nogal majestuoso en donde habitaban las almas desamparadas. Era lo único que no se convertía en polvo al ser tocado, tal vez era la sabiduría que le habían dado los años. La pecadora se acercó a él sin remedio.
El niño de la luna perdió su expresión de tristeza; al ver lo que ocurría sus ojos se engrandecieron. Aterrorizado intentaba impedir que su madre se acercara al portal, quería gritar pero ella lo había hecho enmudecer. Trató de mover al cielo, pero este tampoco reaccionaba. Quería salvarla, pero su vida estaba perdida. Y aunque él la hubiera perdonado, no era suficiente. No tenía perdón de Dios. No le quedó más que hacer y desapareció su imagen de la luna, era tan pequeño que no podría soportarlo.
Y con el desaparecer de su imagen, desapareció la luna. Y con el desaparecer de la luna, desapareció la luz por completo. Lo único que podía sentirse en esa oscuridad era el tronco del nogal y se escuchaba solamente el crujir de las hojas quemadas. La pecadora recargó su espalda en él y poco a poco resbaló hasta sentarse. Abrazó sus piernas contra su torso. Levantó la cabeza y respiró profundamente. La dejó caer y durmió.

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